El cielo del sur de la capital y los cerros que abrazan a Soacha no se ven como de costumbre. Un velo gris, con un inconfundible olor a madera quemada, se ha apoderado del aire en los últimos días. La causa no es un secreto, pero sí una emergencia que no da tregua: una ola de incendios forestales simultáneos está consumiendo hectáreas de vegetación nativa en la sabana.
Mientras las sirenas de los bomberos se vuelven parte del paisaje sonoro diario, miles de habitantes se preguntan hasta cuándo se extenderá esta crisis ambiental y qué tanto impacto tendrá en la salud de la región.
¿Por qué se encienden los cerros?
La respuesta principal está en el Océano Pacífico, pero sus consecuencias se pagan en la Cordillera Oriental. La llegada del fenómeno de El Niño ha provocado una drástica disminución en las lluvias, acompañada de un aumento anormal en las temperaturas de la región andina.
En zonas periurbanas como Soacha y las localidades del sur de Bogotá (como Ciudad Bolívar y Usme), se combinan tres factores críticos:
- Estrés hídrico en la vegetación: las plantas y el suelo pierden rápidamente su humedad, convirtiéndose en material altamente combustible.
- Vientos de alta velocidad: las corrientes de aire características de la sabana dispersan las brasas a metros de distancia, multiplicando los focos de fuego en minutos.
- Efecto “lupa” y radiación solar: días consecutivos con cielos despejados elevan la temperatura de la superficie vegetal a niveles extremos.

Datos ambientales: el verdadero costo de las hectáreas perdidas
Más allá de la impresión visual del fuego, las cifras ambientales que dejan estos eventos son preocupantes. El suelo de los cerros orientales y los ecosistemas de subpáramo cercanos cumplen una función vital como reguladores de agua y refugio de biodiversidad.
Según los reportes técnicos de las autoridades ambientales (CAR y Secretaría de Ambiente), un solo incendio en vegetación baja puede tardar más de dos décadas en regenerarse de forma natural.
La quema de frailejones y vegetación nativa no solo destruye el hábitat de especies como el curí o la tingua, sino que degrada la capa orgánica del suelo, lo que acelera la erosión y aumenta el riesgo de deslizamientos cuando finalmente regresen las lluvias. A esto se suma el deterioro inmediato de la calidad del aire (PM2.5), que afecta con mayor severidad a niños y adultos mayores en zonas vulnerables.

El factor humano en un escenario de sequía
Aunque El Niño crea el entorno perfecto para que el fuego se expanda, la chispa inicial rara vez es de origen natural. Las autoridades locales han señalado que más del 90 % de las conflagraciones en la zona urbana y rural de Soacha y Bogotá tienen detrás una acción humana, sea por negligencia o intencionalidad.
Las quemas de basura no controladas, las fogatas en zonas de reserva y el desecho irresponsable de botellas de vidrio o colillas de cigarrillo son los detonantes más frecuentes. En un contexto donde la vegetación está “seca como papel”, cualquier descuido se convierte en una emergencia de gran escala en cuestión de segundos.
El Niño no es un evento destructivo impredecible, sino un ciclo climático conocido que pone a prueba la capacidad de prevención de las ciudades. La verdadera pregunta tras el humo no es solo cuándo apagarán el último foco de calor los bomberos, sino qué tan preparados estaremos para el próximo día soleado.










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