La inseguridad en Soacha no da tregua. Brandon Miranda, un joven de 17 años lleno de sueños, fue asesinado con arma blanca el pasado 4 de octubre cuando viajaba a alentar a su equipo favorito. Lo atacaron por llevar una bufanda del club del Eje Cafetero. Una prenda, una insignia, bastó para que su vida terminara en una escena de intolerancia que hoy estremece al país.
Su madre, Alba Miranda, lleva seis días pidiendo justicia. “No quiero venganza, quiero verdad. Que los responsables paguen por lo que hicieron. Mi hijo solo quería ver fútbol”, dice entre lágrimas, mientras lamenta el silencio de las autoridades locales.

Una ciudad donde la violencia se normalizó
El crimen de Brandon no es un hecho aislado. Soacha se ha convertido en uno de los municipios más violentos de Cundinamarca. En lo que va de 2025, más de 360 homicidios se han registrado, y los hurtos superan los 9.300 casos, según reportes oficiales. Sin embargo, en las calles, la sensación de inseguridad crece cada día.
Pese a la gravedad del panorama, la inversión municipal en seguridad apenas alcanza $3.351 millones, una cifra que representa menos del 0,3 % del presupuesto total, cercano al billón de pesos. Mientras las cifras de muerte suben, la respuesta institucional se diluye entre excusas, comunicados tardíos y promesas incumplidas.

Una alcaldía en silencio
El alcalde Julián Sánchez ‘Perico’ no se ha pronunciado sobre el asesinato de Brandon Miranda ni sobre otros crímenes recientes que han conmocionado al municipio.
En los últimos meses, Soacha ha sido escenario de feminicidios, ajustes de cuentas y riñas que terminan en tragedia. Entre los casos más recordados está el de Laura Gutiérrez, joven de 22 años asesinada por su expareja en el barrio San Mateo; y el de una madre de familia en Compartir, encontrada sin vida tras denunciar amenazas.
Cada semana aparecen nuevos nombres en las estadísticas, pero no en las prioridades del gobierno local. La indignación ciudadana crece. En redes sociales, cientos de usuarios denuncian la falta de presencia policial y el abandono de los barrios periféricos. Algunos incluso acusan al alcalde de “vivir más en redes que en la calle”.

Un municipio al borde del abismo
Soacha, que alguna vez fue símbolo de lucha y resiliencia, hoy parece vivir una guerra no declarada. Las víctimas se acumulan, las madres lloran, los jóvenes mueren y el Estado mira hacia otro lado. La impunidad y la indiferencia institucional se han vuelto parte del paisaje urbano.
Brandon no es un número más. Su historia es el reflejo de un municipio que grita auxilio entre el ruido de las sirenas y el silencio del poder.











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