Tener trabajo, terminar una carrera y querer vivir solo parecía durante mucho tiempo una de esas señales de que la vida adulta finalmente había comenzado. Pero para miles de jóvenes colombianos, dar ese paso se ha convertido en una cuenta difícil: arriendo, servicios, alimentación, transporte, muebles, crédito y, si el sueño es comprar vivienda, una cuota que puede superar ampliamente lo que permite un salario inicial.
Y detrás de esa dificultad hay una economía completa moviéndose al mismo tiempo. El dólar, la inflación, las tasas de interés, el precio de los materiales, la oferta de vivienda y los ingresos de los hogares terminan encontrándose en el mismo lugar: el bolsillo de quien quiere tener su propio techo.
¿Cuánto vale hoy un dólar?
Este viernes 25 de septiembre de 2026, la Tasa Representativa del Mercado se ubica en $3.329,61 por dólar. Frente al día anterior, aumentó $65,22, equivalente a una variación diaria cercana al 2 %.
Pero decir que “el dólar está caro” necesita una explicación.
La tasa de cambio no es el precio de una sola mercancía. Es el resultado de cuánto se demanda y se ofrece cada moneda y de factores como las tasas de interés, los precios internacionales, el riesgo percibido sobre la economía, los flujos de capital y el comportamiento de otras monedas.
De hecho, durante el segundo trimestre de 2026 el Banco de la República reportó una apreciación importante del peso colombiano frente al dólar, apoyada, entre otros factores, por mejores precios del petróleo, menor percepción de riesgo local y un diferencial de tasas atractivo.
Por eso, el dólar de hoy no puede explicar por sí solo por qué comprar o arrendar vivienda resulta difícil.
El verdadero problema está en varias cuentas
En agosto de 2026, la inflación anual de Colombia llegó al 6,24 %, muy por encima de la meta del 3 % del Banco de la República.
El Banco ha señalado que entre las presiones que mantienen elevada la inflación están los mayores costos laborales, el gasto de los hogares, los alimentos y algunos problemas de oferta.
Y hay un gasto que pesa especialmente: el arriendo.
El propio Banco de la República explica que los arriendos representan aproximadamente una cuarta parte de la canasta del IPC y que sus aumentos tienen una fuerte inercia porque están vinculados a la inflación del año anterior.
Es decir: cuando sube el costo de vida, una parte importante de los hogares siente ese aumento directamente en el lugar donde vive.
Los jóvenes quieren independizarse, pero el ingreso no siempre alcanza
El mercado laboral juvenil ha mejorado en algunos indicadores. Entre mayo y julio de 2026, la tasa de ocupación de las personas de 15 a 28 años llegó al 47,9 %, mientras la tasa de desempleo bajó al 14,1 %, frente al 15 % del mismo periodo de 2025.
Pero tener empleo no significa automáticamente poder pagar una vivienda.
El salario mínimo legal mensual para 2026 quedó fijado en $1.750.905, sin incluir el auxilio de transporte.
Para una persona que recibe un ingreso cercano a ese nivel, pagar arriendo, servicios, alimentación y transporte puede dejar muy poco margen para ahorrar una cuota inicial.
Y ahí aparece uno de los grandes obstáculos: la vivienda exige ingresos estables durante muchos años, mientras buena parte de los jóvenes apenas está entrando al mercado laboral.
Comprar tampoco es una salida sencilla
El problema no está solamente en los precios de los apartamentos.
El Banco de la República reportó en 2026 que el mercado inmobiliario presenta una recuperación de la demanda, pero una oferta rezagada. Las iniciaciones de vivienda se encuentran en mínimos de los últimos 14 años y esa menor oferta podría aumentar las presiones sobre los precios.
La situación tiene una explicación sencilla: si se forman nuevos hogares, pero no se construyen suficientes viviendas en los lugares donde las personas necesitan vivir, la presión termina trasladándose a los precios de compra y especialmente a los arriendos.
Camacol estima que en Colombia se forman aproximadamente 370.000 nuevos hogares cada año y advierte que cuando la oferta de vivienda nueva no crece al mismo ritmo, parte de esa demanda se desplaza hacia la vivienda usada y el mercado de alquiler.
Una dificultad que no es solamente colombiana
La situación también forma parte de un fenómeno internacional.
La OCDE advierte que los costos de vivienda afectan especialmente a las personas jóvenes y a quienes tienen ingresos bajos o inestables. En Colombia, más de la mitad de los hogares de bajos ingresos que viven en arriendo están sobrecargados por sus costos de vivienda.
Y ONU-Hábitat acaba de advertir en su World Cities Report 2026 que el encarecimiento de la vivienda está retrasando en diferentes países la salida de los jóvenes del hogar familiar y la formación de hogares independientes. También señala que, en ciudades latinoamericanas, la falta de vivienda asequible cerca de los centros de empleo puede empujar a los jóvenes hacia zonas periféricas o informales, aumentando tiempos de desplazamiento y reduciendo oportunidades.
No es simplemente una cuestión de querer o no querer independizarse.
Es una cuestión de cuánto cuesta hacerlo.
¿Y qué pasa con quienes sí quieren comprar?
El crédito se convierte entonces en otra pieza del rompecabezas.
El Banco de la República mantiene desde julio de 2026 una tasa de política monetaria del 12 %, en un contexto en el que la inflación continúa por encima de la meta.
Una tasa de referencia elevada termina afectando las condiciones financieras de la economía y puede encarecer el acceso al crédito.
Para un joven que necesita financiar una vivienda durante 15, 20 o 30 años, la diferencia entre una tasa y otra no es un detalle: puede significar millones de pesos adicionales a lo largo de la vida del préstamo.
Por eso, el debate sobre vivienda no puede reducirse a “los apartamentos están caros”.
Hay que mirar salarios, arriendos, crédito, inflación, suelo, construcción y oferta al mismo tiempo.
La casa de los padres se convierte en una estrategia
En Colombia, el DANE encontró que el 40,8 % de los hogares vivía en arriendo en 2025, mientras el 38,1 % habitaba viviendas propias totalmente o parcialmente pagadas. El déficit habitacional nacional fue de 25,6 %.
Eso ayuda a entender por qué permanecer en la casa familiar puede convertirse en una decisión económica antes que emocional.
Compartir vivienda, vivir con los padres, alquilar una habitación, mudarse más lejos del trabajo o retrasar la compra de vivienda son algunas de las estrategias que aparecen cuando el ingreso no crece al mismo ritmo que el costo de vivir.
La OCDE incluso advierte que la vivienda es uno de los mayores gastos de los hogares y que las generaciones jóvenes enfrentan una situación particularmente difícil por el aumento de los costos y la caída de la propiedad entre los más jóvenes.
El sueño no desapareció; cambió el camino
Quizá la pregunta de esta generación ya no sea simplemente: “¿Cuándo voy a comprar mi casa?”
Puede ser otra:
¿Cuánto de mi salario necesito para poder vivir por mi cuenta sin dejar de comer, transportarme, estudiar, ahorrar y tener una vida?
El dato del dólar, los precios de la vivienda, el costo del crédito y los arriendos cuentan una parte de esa historia. Pero detrás de cada cifra hay jóvenes que terminan haciendo cuentas frente a una puerta que quieren abrir: la de su primera vivienda.
Y mientras Colombia crea nuevos hogares cada año, queda una pregunta que el mercado inmobiliario, las ciudades y las políticas de vivienda tendrán que responder: ¿dónde vivirán los jóvenes que ya pueden trabajar, pero todavía no pueden pagar el lugar donde quieren construir su propia vida?










Deja un comentario