Oriunda de Popayán, Cauca, Ariadna creció en una familia campesina, conservadora y profundamente católica. Durante su infancia, la religión estuvo presente en su vida cotidiana, pero al comenzar a reconocer su orientación sexual y, posteriormente, su identidad como mujer trans, empezó a experimentar barreras que la alejaron de los espacios religiosos.
Ariadna Lombardi encontró en la fe un camino para reconciliar su identidad con su espiritualidad. Después de vivir experiencias de rechazo en distintas comunidades religiosas, hoy hace historia como la primera mujer trans consagrada como pastora laica de la Iglesia Colombiana Metodista en Colombia. Su historia abre una conversación sobre la inclusión, la diversidad y el papel de las iglesias frente a las personas LGBTIQ+.
Una infancia marcada por la fe y el rechazo
Desde pequeña, Ariadna estuvo vinculada a las tradiciones católicas de su familia. Sin embargo, cuando tenía 14 años y expresó que era gay, enfrentó situaciones difíciles relacionadas con las creencias de su entorno familiar y el matoneo escolar.
Las experiencias de rechazo también se presentaron cuando intentó acercarse a otras congregaciones. En algunos espacios sintió que su identidad era considerada incompatible con la vida religiosa, lo que la llevó a distanciarse de la Iglesia durante varios años.
Con el tiempo, comenzó a comprender su identidad de género y a cuestionar los prejuicios que había aprendido sobre las personas trans. Este proceso personal no fue inmediato, pero le permitió reconstruir su relación consigo misma y con su espiritualidad.
Del activismo social al liderazgo religioso
En 2016, Ariadna encontró en el activismo una forma de trabajar por otras personas. Desde Popayán participó en iniciativas relacionadas con los derechos de la población LGBTIQ+ y en espacios de formación para promover un trato respetuoso hacia las personas con identidades de género y orientaciones sexuales diversas.
Su trabajo también incluyó acompañamiento a personas privadas de la libertad, participación en iniciativas de derechos humanos y actividades vinculadas con la construcción de paz.
Años después, decidió buscar una comunidad religiosa en la que pudiera vivir su fe sin tener que ocultar quién era. En 2021 conoció la experiencia de Jhon Botía Miranda, reconocido por su trayectoria como pastor gay de la Iglesia Colombiana Metodista, y se acercó a esa congregación.
Allí encontró una comunidad que, según relata, trabaja con poblaciones excluidas, víctimas del conflicto, migrantes y personas que enfrentan distintas formas de vulnerabilidad.
Poco a poco, volvió a participar en los servicios religiosos y recuperó prácticas espirituales que habían sido importantes durante su infancia. Para ella, regresar a un espacio donde no se cuestionara su identidad significó encontrar un lugar seguro para vivir su fe.
Ariadna hace historia como pastora trans
A finales de 2024 recibió la propuesta de comenzar un proceso de acompañamiento pastoral. En 2025 formalizó su participación y empezó su formación en teología.
En 2026 fue consagrada como la primera mujer trans en ejercer como pastora laica de la Iglesia Colombiana Metodista en Colombia. Este reconocimiento representa un nuevo capítulo en su vida y en su relación con la institución religiosa.
Sin embargo, su camino no termina con la consagración. Ariadna deberá continuar sus estudios y su preparación teológica para avanzar hacia la ordenación pastoral, un proceso que, según sus estimaciones, podría tomar entre tres y cuatro años.
Su nombramiento también ha generado reacciones entre personas que buscan comunidades religiosas más inclusivas. Algunas mujeres trans se han acercado a ella para preguntarle si es posible vivir su espiritualidad sin ser señaladas ni obligadas a renunciar a su identidad.
“¿De qué lado se pondría Cristo hoy?”
La pregunta que da sentido a su mensaje resume su postura frente a la discriminación que ha experimentado. Ariadna considera que la Biblia debe estudiarse teniendo en cuenta su contexto histórico y las circunstancias en las que fueron escritos sus textos, en lugar de utilizarse como instrumento para señalar o condenar a otras personas.
Desde su perspectiva, la fe debe estar vinculada con la dignidad humana, la solidaridad y el acompañamiento a quienes han sido excluidos.
No obstante, después de su nombramiento también ha denunciado que recibió mensajes ofensivos y amenazas de personas que cuestionan su identidad y su labor religiosa. Según su testimonio, algunos de esos ataques comenzaron como críticas religiosas y terminaron en expresiones transfóbicas.
Frente a estas reacciones, sostiene que ninguna persona debería atribuirse la autoridad de decidir quién merece acercarse a Dios o quién está condenado por su identidad.
Para Ariadna, el mensaje de Cristo debe entenderse desde la defensa de quienes sufren, de las personas marginadas, de los migrantes y de quienes ven vulnerada su dignidad.
Una historia que invita a reflexionar sobre la inclusión
La experiencia de Ariadna Lombardi pone sobre la mesa una pregunta que va más allá de las instituciones religiosas: ¿puede una persona vivir su fe plenamente cuando su identidad es motivo de rechazo?
Su recorrido reúne años de dificultades, trabajo social y búsqueda espiritual. También evidencia las barreras que algunas personas LGBTIQ+ encuentran cuando intentan participar en comunidades religiosas.
Ariadna espera que su historia ayude a otras personas a acercarse a la espiritualidad sin sentir vergüenza por quienes son. Su mensaje es que la fe no debería exigir la renuncia a la identidad ni convertirse en una justificación para excluir.
“Soy mujer trans, soy pastora y sigo siendo yo. Mi fe no me borró la esencia, mi llamado no me quitó la identidad y el amor de Cristo no me enseñó a excluir, sino a abrazar”, es el mensaje con el que resume esta nueva etapa de su vida.
Su historia deja abierta una reflexión sobre la relación entre religión, diversidad y derechos humanos, y sobre el lugar que las personas trans pueden ocupar en espacios que durante mucho tiempo les cerraron las puertas.











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